Hablar de jamón ibérico es hablar de origen, pureza y control. Pero, ¿cómo puede el consumidor saber con certeza que un jamón es realmente ibérico y no una imitación? Ahí entra en juego la certificación de los cerdos: un proceso indispensable que da transparencia y seguridad a toda la cadena de producción.
El proceso comienza antes de que el animal nazca. Las ganaderías deben estar inscritas en el Registro de Explotaciones Ibéricas y cumplir con criterios rigurosos sobre genética, alimentación y bienestar. A cada cerdo se le asigna una identificación individual que lo acompañará toda su vida. Desde ese momento, cada movimiento queda registrado: nacimiento, alimentación, montanera y condiciones de crianza.
Tras el sacrificio, entra en juego el sistema de precintos y auditorías. Las piezas se clasifican siguiendo los colores oficiales establecidos por la normativa española:
Negro: 100% ibérico de bellota
Rojo: Ibérico de bellota (75% o 50%)
Verde: Ibérico de cebo de campo
Blanco: Ibérico de cebo
Estos precintos no son decorativos: son el certificado visible de qué tipo de producto estamos comprando. Para obtenerlos, el productor pasa por inspecciones periódicas y controles independientes que analizan peso, alimentación y pureza racial.
Gracias a este sistema, la certificación protege al consumidor de fraudes y protege al productor que hace las cosas bien. Comprar jamón ibérico con certificación es asegurarse de que cada loncha proviene de un animal criado y elaborado bajo estándares exigentes.
En un mercado donde la palabra “ibérico” se usa muchas veces sin rigor, la certificación lo cambia todo. No es burocracia: es confianza, transparencia y respeto por un producto único en el mundo.
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